jueves, 24 de mayo de 2012

Urmateria


Recóndito se encontraba allí, el equivalente a un suelo resignado a un cuerpo agujereado, el reloj que siempre me acertaba en las 14:19 horas y Cillian que en su transformismo me llevaba a desayunar por Plutón.
Sobre la mutilación de esta materia, el gatito chino había dado la patada número tres cientos setenta y nueve sin reacción a mi vida. Me vibraban hasta las pestañas por ese bracito demente pero dorado que siempre desee romper. Se sumaba el inflamado ruido de la bomba eléctrica que Graciela, la vecina de al lado, encendía a todas horas sin exagerar el comentario. A esa mujer le molestaba el verde, las semillas de las palmeras, las abejas invasivas y nuevamente el verde, le gustaba ponerse pantuflas sobre las medias de toalla blanca que le sacaba a su marido cuando este se iba a trabajar con el taxi.
La filtración de una cocina del otro lado de mi departamento que batallaba a todas las cocinas de la cuadra revoleándole sabores sagrados a cualquiera que pase por allí. Uno caminaba por su puerta y daban ganas de cerrar los ojos para imaginar un mundo lleno de abuelos, colores, sacos acuadrillé, caramelos de limón, carpetitas bordadas a mano, el olor a madera lustrada, un baúl de disfraces y toda esa sarta de detalles que me hacen infinita. Nunca supe cómo se llamaba esa mujer.
Ahí, en el letargo de algunas replicas, mientras todas las cosas mínimas tenían vida y yo moría, ahí apretaba fuerte los dientes con la fuerza de los minutos que iban descartándose.
Levanté mi materia del piso y salí a caminar. En el transcurso del viaje nunca se desprendieron de mí, los latidos de todos mis pensamientos que abofeteaban la razón de algunos seres que dejaban un pedazo de saliva en mi relato e intentaban absorber mis ojos con sus manos
Pasé por lo de Orlando y me miró por lo profundo, anhelando lo invisible de mi barba mientras comía un guiso viendo canal Encuentro en su peluquería disfuncional. 
Nuevamente el sol acotándose en esa calle plagada de transeúntes.
Me dejaba sin aire, el salvajismo de un realismo basado en tres dimensiones pero de esas dimensiones de utilería que están compuestas por un cartón que siempre es frágil a los alfileres de la humedad. 
Temblando, con la piel irreparable a mi mayor obra, iba anegando el paisaje para vomitar la poesía que usted podrá conseguir fácilmente en los cotillones, en esa parte donde están las coronas de plástico y alguna que otra máscara con el látex de un zombie.
No miraba, iba neutral, llena de mugre en la conclusión de todos mis pensamientos y me invadían las ganas sobrevaloradas de existencialismo puro.
Te pensé más intensamente cuando pasé por un lugar  sin orillas y me acordé de la Novena Revelación que prometieron traernos y nunca consiguieron.
Me moví tan rápido como Bodysnatchers que ocupaba la disfonía de mis oídos. El volumen me quemaba la membrana y hacía de viento mi boca que intentaba tragarse todo el cielo de un bocado mientras iba perdiendo la respiración. Las palpitaciones se aceleraban de modo violento dentro de esta maquina para la felicidad.
Las calles se desintegraban a mis pies. Desesperaba, te buscaba, deseando encontrarle un sentido a lo que va de mi narración y ya no podía saber dónde estaba parada ni cómo había llegado hasta acá.
Perdida en el trance con la tierra, me apagaba. En el más intenso recuerdo, llegué hacia a vos. En ese instante pude volar. 
Finalmente te encontré en ese lugar demorado en el tiempo siendo el aprendiz de un brujo. Estabas ahogado de poesía que te llegaba hasta la lengua. 
Intenté romperte en este par de bocas pero al mirarte entendí que no podías verme. Tus ojos se inyectaban de lagrimas que expandían ácido hacia los efectos especiales de tu magia.
Se había hecho tarde para una musa, me había retrasado para resurgir nuevamente.
Sin haberlo anticipado, se me había acabado la caja de las siete vidas. 


miércoles, 16 de mayo de 2012

Quetzal

Te busqué desde que jugaba en ese escenario cósmico. 
Te miré en todos tus andares cuando llegabas a mí con la voz baja y me descubrías saturado de devoción mientras una Rosa asistía nuestros sueños a un suspiro de pasos.
Te encontré en ese espacio donde no precedían más cielos que el nuestro.
Te espero desde que éramos alquimia de luces, esperando por bocas rotas, esperanzados de vernos materiales.
Te pensaba cuando te hacía parte de un paisaje plagado de fulguras, en el susurro de la porcelana que Didí ostentaba a las cinco de la tarde con el ángel inglés repudiando relojes. Cuando el verde me venía en stopmotion y cerraba los ojos para acercarme a tu universo.
Te deformé con anatomías que plagiaban todos los colores de tu ser, persistentes en cada ilusión óptica para poder besarte el alma cuando te extrañaba en demasía.
Te sentí vivo cuando me perdí entre tus estrellas de papel y te inventé con caras de busto en el simbolismo de una humanidad.
Te ví desde que mi arte tuvo urgencia de emergerse en plasticidades.
Te cree en cada instante de mi cuerpo, te vertí en mi aire y caí en el existencialismo de unos ojos que iban sacudiéndose de soles por saberte a una breve ausencia de mi.
Reverberamos en una misma repetición al fusionar lo blanco con lo afrodisíaco en un submarino, al anegarnos y atorarnos de abrazos partidos en la noche más intensa y fría de la historia
Te sonrío más cerca desde que Kantor me enfrentó a tu abismo.

Edición número IV de la revista "La Boca Rota"

martes, 15 de mayo de 2012

Encarnando pájaros por los ojos

Nos profesamos dioses
mordimos altruismos
por bailar sobre una boca
de literalidades plásticas.

La victima visual
con el humano de por medio
revoleando estupideces
que agotan las almas.

Destilé tu adrenalina
y mi eternidad
se hizo de goma
al verte sonreír 
en ese intersticio.
Quise correr, de nuevo.

Oprimiendo mantras,
agitados de gris,
me devoré hasta las
alas de tu piel
e intenté caer en 
mi masacre.

Retorné a tus fantasmas
y los hice materia hasta
desbastarlos en el mórbido hueco
de la sangre que me expulsa.

La vida 
y tu espectro frente
a un abismo, fluctuado de polvo
a los días y sus frecuencias.


Encarnando pájaros
en mis ojos,
te vas hundiendo entre mis tetas,
llorando devociones por
un hipotético ángel

La emética afonía 
en tu ser que traga 
mi aire y disminuye 
este breve 
espacio por vivir.

Aspirando letras por las sombras,
refugio en cajas de plástico,
los besos que me chorrean
hasta los tobillos,
usados.

Extinta de presencias,
procuro la desmoralización de luces,
con brillantina pegada
en cada intervalo
ilusorio de esta membrana
enredada de colores.

Salto a ese abismo
y sucumbo en la tierra
que me convierte
en tu bendita ficción.




Peinando Sapos

El invalido xilófono
y el ritmo concurrente
de estos cuerpos amarillos
agonizando a mis pies.

El extravío de Camille
y la desesperación en la voz.
El velcro en la piel
vertiendo musas en mi lengua
y la reventada locura
de peinar sapos.

La búsqueda inmediata
de crueldad.
La eufórica nota
que apuñala hedonismos
sumando cincuenta puntos
a mi humanidad.

Mi boca de claustro
echando saliva en
un cielo anegado
de cajas musicales.

Esas infundidas desses
y este sobrevalorado
instante muerto antes
del amor líquido.

El cerúleo de Spilimbergo
plagiando tu expresión
y el bestiario elocuente
de mi espectro.

Partidos de locura,
deformo mis días en el
porno de tus ojos,
volviéndo a morir en
ese conjunto
de lucesitas
Pablo Kielbasa
made in China.

Grieg en un cielo de glitter

La retórica brutal
de un cuerpo desocupado
abunda esta miseria
simplificada.

Lamiendo la materia de tu ángel,
envicio mi humanidad
que alguna vez confundió supuestos
en la reventada de tu sexo.
Y me volví agua.

Demorada en la magra devoción,
timamos una materia sin animal,
mientras las plumas 
inundan todo de farsa pictórica
en la plástica de un cadáver.
Se abre la rapsodia ilusoria.

Desbastada de carne,
la visual va encausando mi aire
en la inmundicia 
de la plasma visceral.
El fuego me llega hasta el cuello
y vos ya no podés verme.

Caminando sobre una idea sin cuerpo,
con las plumas customizadas
en fluorescencias,
alucino el morbo
y me encanta.

Me vierto en su vacío.
Grieg con su Varen que
acaba por fulminarme
en un plano que reacciona
a mi fuerza luminescente
que mata.

Se rompe la piel,
se pudre el ritual.
Apestada de mugre,
mi absurdo suicida
la demencia sustancial.
Evoco el trance.

lunes, 14 de mayo de 2012

Antropología de un niño que habita una estrella

Llegó viajando a través de un sol violeta, atando los pies al vestigio de una naturaleza fosilizada. Le regalé una capa para la invisibilidad y me lo agradeció de sobremanera invocándome el extraño sujeto de princesa Julieta. Se acercó, vertiendo mi voz de magas utopías. Ese breve señor decía provenir de algún lugar en el fin del mundo pero tuve la vaga creencia de imaginarlo habitando un planeta muy lejos de aquí. Una estrella donde gobierna el corazón de un pájaro.
Fragmentando jardines, se escondía de los violentos jinetes que anunciaban partidas con su espada de cotillón.
La ciudad emergía escrutando sus alas, quizá por ser un ángel profano alejado de toda dimensión conocida para el feroz hermetismo de éstos días. Un hoy, líquido y colmado de modismos hasta para sentir.
Comprador de sueños al por mayor, llegaba a mi con un pedazo de verde cielo en los ojos y la plástica ilusión de haber hallado un diamante azul que lo salvaría de una crudeza real. Me contó de su próxima ida al mar con el brillo más inmenso que jamás había visto. Sabía que podría tener el aforo de convertir en mineral cada cosa que tocara su abstracción. Arrancó una flor, cerró los parpados y me hizo partícipe de ese increíble momento desbordado de cuadros.
Arturo. Denegando el nombre, su vida se había convertido en sustancia de luces, en la expresión más literal y hermosa. Le daba real sentido a todo aquello existente por estar opuesto de materia y en ese discurso me hacía viajar, rompiendo signos y destrozando los apartados de mis plegarias. Con las manos de agua, el alma de aire se le estallaba por los dientes mientras abría la boca en repentino asombro de mi devoción. Ese niño jugaba a ser un rey en medio de una plaza devorada por el fútil barroco inglés plagado de historias masacradas con la huérfana sangre de hombres perdidos.
Me volvía a sonreír y yo no podía más que perderme en la fascinación de sus sueños que sólo eran comprendidos en instantes alejados de todo racionalismo. Me hizo creer, aun más, en un radiante universo donde lo fantástico se emana de presencia. Dueño de un carrousel ilusorio, revoleaba chispas fosforescentes por donde quiera que lo mires. Qué bonita visual me regalaste en silencio.
Aniquilando los maniquíes de las sombras que lo invadían, se perdió en un espiro que lo envejecería en la memoria onírica de alguna persona maravillada por cruzarse con él.



Niño Cristal

Ayer necesitaba encontrarlo y por causalidad se hizo presente con una capa entre las manos haciéndome creer en un ahora más vivo que nunca y así, en retrospectiva inocencia, volví a lo todo genuino que habita en esa niña llamada Juanita.