jueves, 26 de febrero de 2015

Raviol con Chorizo


Mientras espero por
un almuerzo dominical
me entretengo con su literatura
de sánscritos textos hindúes
que retratan todo lo que
un falo, bulto o polla puede hacer
en sesenta y cuatro formas.

Sí, no me animaba a decir poronga.

La miro y pienso en la posición del delfín.
¿realmente puede alongar así?
Tanto kamasutra en la biblioteca del comedor
manifiesta a garras una vida feliz,
y en ese mismo momento me desanimo.
Ella es tan Tigresa del Oriente y
yo soy tan Juana Molina buscando
inconcebibles formas de amor.

La olla y su hierático ollín
galardonado con un par de asas
partidas y derretidas que solo
se sostienen en la ironía
de un repasador quemado.
La parrigas en la hornalla
de al lado calentando las
gotas ámbar de aceite que saltan
hacia mi dedo cada vez que
intento entrarle al tuco.

Desde un viejo equipo suena
"Trío los Panchos"
y entre tantos boleros
aparecen brillando
como claros de luna
docenas, miles, millones,
zarpadas y descomunales
cantidades de ansiolíticos
que abarcan todos los colores,
tamaños, formas y posologías.

Finalmente nos sentamos,
ella, su novio y yo.
Pone toda la comida sobre la mesa:
Hay raviol con chorizo.
Es explosivo pero me gusta.
Meto un cacho de embutido
en mi boca y me pregunta:
- ¿Te gusta el chorizo de Roberto?

Dejo el trozo en el plato,
conozco a Roberto
y no puedo pensar en otra cosa más
que en estar comiéndome su chorizo.
Es tan obsecuente
como todo se vive con forma
de pene en esa casa.

No me desánimo y sigo
comiendo.
Me gusta la idea.
Quizá algún día termine
siendo como mi abuela.