lunes, 19 de octubre de 2015

Pensamientos de una piba que se quedó sin batería en el celular

Ella moja sus labios
y piensa que
todavía le queda 
un tirón de sueño
hasta Villa Luro.
Tiene hambre,
no le alcanzó con
la tortilla que se compró
en la estación.
No llegaba con 
la plata para dos, 
había gastado
en birras, puchos
y la mitad del telo.
Ella saca un esmalte azul
y con él pinta la 
galaxia de sus uñas
en la gravedad
de un transporte público.
Piensa en cómo
cogieron hace
algunas horas.
Esta memoria
está latiendo en 
la mugre de su piel. 
Lo husmea en todas 
las regiones de
su complexión.
Piensa en la ducha
que quiere darse y
suplica en voz baja
que el tiempo 
se detenga para
dormir toda la vida.
En oportunas veces 
se encuentra achinando
los ojos y haciendo
magia en silencio.
Masca un chicle
y roza con su lengua
la lentitud del tiempo.
Se distrae mirando
el paquete de galletitas
que tiene el flaco
sentado al frente.
Lo ficha, él parece
estar demasiado 
colgado para mirarla.
Piensa en cómo
será su tamaño,
se distrae tan 
fácilmente con todo.
Hace un globo con
el chicle y sigue
pensando en la comida.
El olor a bondiola
que entra por la 
ventanilla le llena de
agua la boca.
Juega con los sonidos
de las cosas
que toca y tararea
una canción que detesta
y está sonando 
en todos lados.
Ella te desviste
y te deja boludo
de corazón.
Disimula una buena
acomodada de corpiño.
Quiere sacárselo 
al carajo.
Todavía no entiende 
cómo pudo volver 
a vestirse después de todo.
En el bondi ese chupón 
en su cuello se come 
la miradas de todas 
las viejas que la 
observan ofensivamente. 
Ella juega con
las ilusiones de
todo el que la mira.
Ya llega a la estación.
Lo único que desea 
es dormirse
sin despistarse.
Es tarde para eso,
el sueño queda 
muy lejano.
El flaco del paquete y ella
se van a juntos,
el hambre ganó.
Quizá hasta consiga 
cargador para el celular.

martes, 6 de octubre de 2015

Querido Roque

Mar del Plata, Diciembre 1936.-

Roque:

Quiero empezar estas líneas advirtiéndole sobre la nostalgia que me produce no tener noticias suyas. Luis, en su última carta, me ha enviado un recorte donde usted aparece en el periódico local. Está riquísimo con ese traje. Veo que el negocio de la sastrería está dando sus frutos después de tanto sacrificio. Me ha tomado trabajo obtener la dirección de su negocio en Morón. El muchacho del correo ha sido de gran ayuda para eso. 
Estamos viviendo en Parque Centenario. El parque se ha vuelto un atractivo para los porteños y para los extranjeros. Si lo viera, se sorprendería. Es una maravilla.
Es de mi consideración avisarle que estoy en Mar del Plata, en la casa de la buena señora de Sápere. Estoy segura de que le suena el apellido, la barbería del barrio se llamaba así. 
El calor atroz de Buenos Aires es tan abrumador, húmedo y aburrido que me he marchado sin pensar. Hace un tiempo espléndido aquí después de algunos días sofocantes. Estoy con mi hermana Esther y con la caniche Panchila que me mira desde su cajita a un costado de la habitación. Panchila, esa misma, que solía ladrarle cada vez que intentaba acercarse a mi. Me sonrojo al recordarlo en el hall de mi casa mientras saboreábamos esos espumantes que Luis siempre guarda en el refrigerador. Ay Luisito querido, tiene la gentileza de enviarme algún dinerito para jugar a la ruleta, debería verme jugar en el casino. Tengo grandes cualidades para eso, se ha convertido en mi mayor pasatiempo. 
Recuerdo cuando nos presentaron por primera vez en la feria del pueblo, sonaban las coplas de Ignacio Corsini y Rosita Quiroga. Le confieso algo modesto de mi parte pero ese día sentí que sus ojos habían encontrado dueña y que no se irían jamás. Por esos entonces usted estaba soltero y no le iba bien con el negocio familiar y con Luis acabábamos de casarnos. 
Usted siempre fue muy afectuoso conmigo y no lo olvido. Jamás podría abandonar los recuerdos que hacen de esta historia algo exquisitamente robusto.
Ay Roque, mi corazón se hace salvaje al recordalo y mi cuerpo se entumece. Son tan sustanciosos mis deseos de verlo que estoy hecha una rabieta. 
Hace tanto lo quiero, Roque. Todos estos años le escribí en los silencios nocturnos y mis manos han dibujado infinidades de veces su cuerpo ausente. 
Me ruborizo al escribirle y pensarlo, estoy hecha una pícara. Me siento una quinceañera en el día de la primavera.
Le escribo porque finalmente acepto su invitación a tomar ese vermú en la confitería "Los Flamencos". 
Comprendo que esta carta anticipa un atrevimiento de mi parte pero sepa usted que estoy dispuesta a que me piense así; loca y frenética. 

Afectuosamente

Ana María

domingo, 13 de septiembre de 2015

Medicina Nuclear

Hacía dos meses era sometida a estudios, medicamentos, silencios, noticias, formas andróginas de verse al espejo. Hacía dos meses era forzada a un mundo que le decía todo lo que debía hacer y cómo debía hacerlo. Como si le hubiesen extirpado la espontaneidad y todo el atrevimiento que eso genera.
Esperaba en una nueva sala de espera, esperaba la espera, esperaba por algo sin saber en muchas circunstancias qué esperaba, esperaba saber cómo iba a ser el nuevo procedimiento, esperaba que la rutina de esa vida distraiga sus ganas, esperaba porque había terminado siendo más cómodo esperar. Muchas veces quienes toman las determinaciones en nuestras vidas son todo el que exista menos nosotros mismos. Otra vez el tiempo yéndose por completo en escaners, rayos, sonidos intermitentes. Otra vez los extraños invadiendo la intimidad de una forma mórbida y esos silencios sepulcrales avivando la muerte. Otra vez poniendo en cuestiones el tiempo que había estado jugando dentro de una crueldad.
Ese día le inyectaron un líquido que tenía que permanecer algunas horas en su sangre hasta pasar a la siguiente etapa del estudio. Como le habían dado permiso para salir, libertad ahora concedida por esos mismos extraños, decidió salir a caminar por la ciudad. No solía tener estas iniciativas que rompían con lo predecible del sistema de acciones. Sin embargo salió a la calle y eso no pudo detenerse con nada.
Llovía de una forma insistente y desprolija. Sus labios comenzaron a moverse en la mímica de "What's up?" de 4 Non blondes. Hacía mucho alguien había puesto esa canción en su reproductor musical y conservaba esa pista como un recuerdo imborrable. La sutil articulación en su boca se acompañaba de unos auriculares que tenían la magia de crear una hermosa dimensión entre los sonidos urbanos, la música y su cabeza que no se callaba nunca.
El agua casi no se veía caer y en esa fantasmal percepción todo quedaba mojado. De no ser por las veredas teñidas de un color más intenso y brilloso, de no ser por el ritmo acelerado de la gente con sus paraguas al caminar bajo esa llovizna, de no ser por las aglomeraciones de personas bajo algunos toldos, de no ser por la humedad de un frío que toca con sus dedos el interior más profundo, de no ser por la vulnerabilidad que despierta ese paisaje, de no ser por el lenguaje musical de esos días, de no ser por los versos de Pessoa que recitaron desnudos ese día de lluvia. De no ser por todo esto nunca se habría dado cuenta que llovía sobre ella y en ella. Sólo que esta vez algo que se le había desprendido desde adentro prometía no soltarla.
Estaba realmente cansada de la perenne obediencia, de la docilidad que su cuerpo presentaba ante cualquier circunstancia externa, de olores a la acaroína y otros productos desinfectantes, de los yodos y gases de nitrógeno. En algunos lugares había propelantes como la acetona que se desprendían tan fácilmente que el olor era más difícil de remover que cualquier otra cosa que haya tenido lugar en su vida.
Caminaba por la ciudad; al principio sabiendo que tenía una hora y veinte minutos para regresar, al rato persiguiendo el sueño libertino y dejar todo de lado.
Pasaron algunas horas, cayó la noche, su celular se apagó. Entró a un bar donde pasaban jazz. Escuchó acertadas versiones de Pennies from Heaven, Poor buterfly, All of me y suspiró incontables veces.
Ya no era la misma. Como quien atraviesa una catástrofe natural. Nada vuelve a ser como era antes. La destrucción modifica todas las fibras sensibles, ninguna postal se ve de la misma forma después de pasar por una catástrofe. Esa presencia seguía acompañándola. Esa sensación crecía con el correr de los minutos. Hasta ese momento no había sido parte de su vida. De un modo que uno se resiste a confesar, había estado dejando morir todo lo que tocaba incluso sus pensamientos. En ese instante pudo sentir cómo el corazón aceleraba su bombeo, cómo el aire se volvía metálico a la altura del pecho, cómo sus ojos buscaban un vacío incomprensible como quien recorre con la mirada un lugar nunca antes habitado. Sostuvo sus manos, estaban tan frías como sus pies y lloró tanto como pudo. Por primera vez después de mucho tiempo lo había entendido; estaba viva.

lunes, 13 de julio de 2015

Anfibia

Juana y el abismo van sucediéndose como la relación que mantienen dos amantes desde las comisuras de sus cuerpos usados. Ella vive distrayéndose y decorando las ventanas del salón con huracanes. Bailando en medio de la ostentación, descuida el apoyo de sus pies y en un ebrio cruce cae dejando un lamento esparcido por todo el piso. Desde lejos él la mira, la incorpora a sus pensamientos con bastante frecuencia. Tanto que se vuelve una tortura. En su ignorancia ella tiene el poder de balancearse como el viento de otoño dentro de su corazón. Juana no percibe, no concentra ningún tipo de fuerza en querer observar realmente, juega a no ser dentro de una enajenación narcótica. Se divierte en la piel de sapos que besa a través de pantallas hacia el interior de sus piernas. Ese juego infinito que desboca en la paranoia de un cansancio que se devoró todos los éxitos de un momento. Ella se pierde en las voces, en las conversaciones pero no se comunica con nadie. Hace rato se volvió adicta a la soledad y no sabe estar con las personas. Solo permanece con ojos abiertos en charlas insignificantes. Hace tiempo que esto se volvió un constante en su vida tanto que hasta perdió la voz. A pesar de eso le es imposible pasar desapercibida, la gente la encuentra fascinante en la imprudencia de su encanto. Baila, baila y se refriega en el aire que la encuentra y la devuelve como el hilo de un ovillo que se desprende. El viento hace con ella lo que quiere, es su única posesión. No conoce el amor y prefiere no tocarlo, lo respeta demasiado y le teme dentro de un lugar habitado por su sinceridad. Juana es la tormenta de arena que arrasa y golpea los fantasmas de las personas, es por esta razón que pocos se animan a pararse frente a ella. La música deja de sonar y Juana tropieza con el hilo que la adormece en la frecuencia de los días, algo la desenvuelve, la descubre y, de algún modo, la despierta de un sueño nocivo.

jueves, 2 de julio de 2015

Amarillo

Tarantino, voy a comerte
todo y ponerme gualda
como la banana de Warhol.
Grayskull, dame la fuerza
para poder empuñar mi
espada ocre y derribar
a todos los gigantes que se
ponen la gorra y no me dejan pasar.

Dejemos el mambo poético
y hagamos cumbia sobre
el occiso de las hojas rotas
mientras nos devoramos.
Sulfatame, oxidame
y rompeme los espacios
habitados al carajo.

Sacame de este mar de hule
para bailarnos con barrio,
quilombo y apoyada.
Tocame con tus manos
embebidas de limones
y dale el giro a los pasos inciertos
de ésta vereda errada.

Montemos éstos cuerpos
sobre el puto polen
para rascarnos la piel
mientras intentamos
volarnos todo y sucumbir
entre gemimos
de alergia.

Tocame con wisky
así quedo en estado
ambarino sobre la banal
existencia de esta
necesidad imperante
de encontrar la histeria.

sábado, 18 de abril de 2015

El enigma de Nico

Éstos días se me filtra
un rio de agua negra
en la boca y río menos.

Éstos días me encuentro
siendo el sepia de la hoja
que se abraza al árbol
antes de caer.

Éstos días me desenamora
el exceso de chabonería,
el exceso de necedad
y el exceso de silencio.

Éstos días llevo la luna
atada sobre una tormenta
que corresponde a
todos mis mares.

Éstos días me pierdo
en charlas de sirenas
con ojos de pez
y canto a través de ellas.

Éstos días me bajo
del bondi a mitad del
recorrido porque
me quiero desencontrar.

Éstos días olvido las
claves, las contraseñas,
las llaves, las pantallas
y los rostros.

Éstos días tengo dolores
en el cuerpo que alivian
una sarta de pensamiento
devoradores.

Éstos días todo lo
insustancial se vuelve
el mejor escape y siempre
me estoy yendo.

Éstos días hablo menos,
ya no me importa gritar,
dejo que la humanidad
tenga sus discursos sobre mi.

Éstos días parezco estar
asustada de vivir la vida
que transformé en una canción.

Éstos días no me enfrentes
con mis fracasos,
no los he olvidado.

jueves, 2 de abril de 2015

Beauvoir

¡Eh! vos guacho.
Sí, vos que preferís 
hacerte el boludo,
que tenés tan puestas
tus ideas como 
yo la docilidad
de tu sexismo.

Que te sentís poronga
por criticar a
las mujeres que
se quieren antes 
de tu género
y a la casa y al ama 
se lo meten por 
la igualdad que 
nunca vas a entender.

A esas hembras
que te tiran su arsenal
de palabras, las celebro.
Palabras que revientan
del corazón y salen
de entre las piernas.
Y no entendés porque
no te calientan 
de la bragueta para adentro.

Vos, que preferís
al gato, a la fémina,
al ser dentro de tu social
que solo mata su tiempo
en lo que está
arriba de la piel.

Esa dama que 
posterga la idea,
el fin y los principios
en tu obediencia
y critica a la otra.
Esa misma que transfiere 
su inseguridad al mirarme 
de abajo hacia arriba.

Esa que se vuelve
hombre en ideas
y se calla
en una ciudad
que devorada
y plastifica su lucha 
como un maniquí.

Esa que en su 
mansedumbre
se olvidó de si misma
y que, en tu opresión,
se apretó el instinto
sobre la piel tragándose 
hasta las lágrimas. 

A esa que vive
y muere olvidando
el fuego que la hace ser,
le tiro mi poesía guerrera.



jueves, 26 de febrero de 2015

Raviol con Chorizo


Mientras espero por
un almuerzo dominical
me entretengo con su literatura
de sánscritos textos hindúes
que retratan todo lo que
un falo, bulto o polla puede hacer
en sesenta y cuatro formas.

Sí, no me animaba a decir poronga.

La miro y pienso en la posición del delfín.
¿realmente puede alongar así?
Tanto kamasutra en la biblioteca del comedor
manifiesta a garras una vida feliz,
y en ese mismo momento me desanimo.
Ella es tan Tigresa del Oriente y
yo soy tan Juana Molina buscando
inconcebibles formas de amor.

La olla y su hierático ollín
galardonado con un par de asas
partidas y derretidas que solo
se sostienen en la ironía
de un repasador quemado.
La parrigas en la hornalla
de al lado calentando las
gotas ámbar de aceite que saltan
hacia mi dedo cada vez que
intento entrarle al tuco.

Desde un viejo equipo suena
"Trío los Panchos"
y entre tantos boleros
aparecen brillando
como claros de luna
docenas, miles, millones,
zarpadas y descomunales
cantidades de ansiolíticos
que abarcan todos los colores,
tamaños, formas y posologías.

Finalmente nos sentamos,
ella, su novio y yo.
Pone toda la comida sobre la mesa:
Hay raviol con chorizo.
Es explosivo pero me gusta.
Meto un cacho de embutido
en mi boca y me pregunta:
- ¿Te gusta el chorizo de Roberto?

Dejo el trozo en el plato,
conozco a Roberto
y no puedo pensar en otra cosa más
que en estar comiéndome su chorizo.
Es tan obsecuente
como todo se vive con forma
de pene en esa casa.

No me desánimo y sigo
comiendo.
Me gusta la idea.
Quizá algún día termine
siendo como mi abuela.