jueves, 10 de julio de 2014

La resignación es un suicidio cotidiano

Con un libro de Murakami entre mis dedos salí a buscarlos, a despertarlos de ese profundo sueño.
El primer bondi que tomé llegaba hasta la estación de mi ciudad. Una vez en ese destino, tenía que tomar otro colectivo que imite el recorrido del tren para fusionar la provincia con la capital.
Desde que existió la ...
tragedia de Once y vi llorar, vi pedir justicia, vi implorar, vi luchar y volví a ver llorar ya no pude subirme a esa línea de tren.
Viajar en ese transporte público me genera la sensación de ser como humanos en jaulas, como un gallinero o como la procesión de un ganado antes de entrar en la mortal maquina.
Ese tren se movía sobre las vías como queriendo dibujar una mínima esperanza en la cara de esos viandantes que van y vienen reteniendo los sueños contra el cemento.
Desde la estación central tuve que tomar el último colectivo para llegar a mi esperado destino. Fue difícil poder retener la figuración de ese recorrido. Tuve que prestar total atención y no perderme de nuevo en vos, en el incisivo recuerdo de vos, en todo lo que tocaste y ahora es vos. Ese estado definitivo que parecen adquirir las cosas cuando uno le dedicó al menos una ínfima porción de sentido. Como el velador prendido de las 4 a.m, la marca de café en la taza, el borde de la puerta rota que te retiene cada vez que estas por salir, la camisa a cuadrille rojos tirada en el piso, la lapicera azul mordida, el ventanal y su ruido al cerrarse, el bolsillo de la campera donde guardábamos nuestras manos del frío, el cristal de los anteojos marcados por besarnos a cada instante.
Crucé la calle apretando los dientes, con los dedos del frío escarbándome la piel, con el botón del impermeable azul hasta la nariz, con las manos sudadas, con el pelo temblando dentro del viento, con ese acordeón en los oídos, con mis pies contraídos dentro de las zapatillas, sin el alma.
Iba en busca de mi alma, de encontrarle el sentido a la vida, de hacerme presente después de tanto tiempo en pausa.
Al llegar al otro extremo de la calle me topé con el río que bordeaba la ciudad. Caminé paralelamente a él intentando hacer coincidir mi memoria con mi realidad. Algo que estaba muy desentonado y perdido. Me acordaba las cosas con tintes grises, nada parecía afirmarse en lo absoluto. Solo el temible recuerdo paralizándome con sus garras feroces. Era una especie de Caperucita tratando de escaparle al lobo de la memoria.
Hacía un largo tiempo que no hablaba con nadie, solo me comunicaba por cartas con un hombre que vivía en una ciudad cercana a la mía. Creo que teníamos ganas de lo mismo, estábamos apresados dentro de un envase similar y llorábamos sin que nadie lo supiera. Nos enviábamos cartas porque eso nos hacía sentir vivos, no queríamos perder la costumbre de reconocer nuestras letras manuscritas en esas hojas rayadas. Había algo de ritual en todo eso que nos iluminaba. Creo que la vida reincidía en la sorpresa que apresaba el embalaje. Las palabras de ese hombre hacían imaginarme un mundo diferente, un instante menos contaminado, una esperanza menos ácida. A veces me lo cruzaba en la calle y pasaba de largo tratando de hacerme invisible para que no se diera cuenta que era yo esa misma persona que le expresaba esos oscuros sentimientos, esa necesidad implorada, ese pedido de ayuda absorbido por el clamor, era yo la que seguía eligiendo tanta inmundicia. Teníamos una relación extraña pero hacía que no nos sintiéramos solos en el mundo de los tinieblos.
Seguí caminando, en realidad no quería caminar, quería escapar. Tenía una impaciente necesidad de salir corriendo, de perderme, de sentir ese vértigo que se siente cuando uno se enfrenta a lo desconocido, esa sensación que lo saca a uno del lugar de comodidad. En mi tristeza yo permanecía en un lugar cómodo.
Llegué a una puerta que posó delante de mí sin que la atisbara desde lejos. Sin más, entré. No tenía llave, todo parecía indicar que estaba bien. Algo absorbente y suave me invitaba a pasar.
Había salido a buscarlos, a despertarlos de ese sueño insondable y estaban ahí jugando a las estatuas, esperando que me acerque para descongelar el hechizo que los había dormido sobre esas paredes húmedas.
Me quedé mirándolos, hipnotizada, con una sensación que me agotaba el pecho. Mientras los observaba, algo me tocó el hombro. No puedo describir exacto cómo era aquel lugar, estaba demasiado oscuro, se percibía una atmósfera muy densa, algo calurosa y solo veía sus ojos. Sentía la oscuridad como el ébano, como una resina opaca que me iba sacando el aire. Todo se volvía muy borroso de entender. Caí al suelo, el cuerpo se me paralizó en un segundo, sus manos lúgubres me llegaron a mi sangre, la bestia salió por mi boca con un sórdido grito que terminó por liberarme.
Mientras terminaba de exhalar ese respiro de fuga los ojos se me eclipsaron.