jueves, 11 de diciembre de 2014

Donde habitan los cocodrilos

Sobre esos muros planean las aves bestiales.
Levanta la cabeza; hay cielo, hay cuerpos que traspasan muros, hay pájaros que fraccionan el oxígeno que no llega a éste lado del muro. Hay una respiración acabada.
Encadenada va siguiendo un cuentapasos, se hace de sombra en su espalda, se hace sombra de su sombra. 
Silenciosa, con una mirada lerda y un corto andar, arrastra su cuerpo como si fuesen ropas largas que se abstraen desde la tierra.
Casi mantiene su cuerpo en pie como la araña que está próxima a caer en la rejilla de una bacha donde despende un hilo de agua. Ese juego morboso que tiene la vida.
Piensa, cada vez más seguido piensa, dejarse ir con esa agua y morir pero sus sentimientos la vuelven esclava y existe tiranía en su oscuridad.
El aire es tan denso que casi se vuelve sólido en sus manos. Ése es el único suministro de aire que su naturaleza les permite tener.
Él camina a metros de ella, es casi perceptible a su vista. Va recolectando pedazos de árbol caídos en la oscuridad, esas mismas leñas que tropiezan sus piernas y lo echan al piso en reiteradas ocasiones. Dentro de la frondosidad de aquellos árboles y un paisaje alegado, él encuentra un submundo. Ahí mismo, dentro de un bosque que ardió en residuos, él planta, él grita, él se interpreta, él se esconde.
Ella sueña y en ese sueño ella recorre océanos, desde adentro. Casi flota sobre ellos, hay tormenta en ese mar. En su onírica se ven unos gigantes que rugen sobre diez cuerpos del suyo. No parece temer, ni temblar ante esa feroz exposición; ella los fractura, los lastima, los vacía y sigue corriendo dentro de la corriente como esa araña que está a punto de caer por el agujero.
Sueña, ahora despierta, y piensa en una salida. La única opción para salir del muro es atravesar un río que pasa por debajo donde habitan cocodrilos. Ella lo mira como si un imán la hubiese enamorado. De un segundo para otro, se reincorpora y vuelve a mirar las aguas calmas. De alguna manera sabe que su liberación reside allí y en ningún otro lado.
Lo busca, a metros de distancia, lo mira encerrándose en el caparazón de aquel bosque. Lo mira y suspira, piensa que de todos modos ella ya está muerta. Esa no será la diferencia que le impedirá atravesar ese río de cocodrilos.
Toma aire, ahora se siente más denso que de costumbre, casi que puede oxigenarse con él. Cierra los ojos, sacude las malezas de su cuerpo, raja las raíces de sus pies. Se desnuda desde el corazón hasta el sexo, presiona su labio inferior con los dientes y de un impulso, sin porción de pensamiento, salta en ese río.
Los depredadores solitarios comienzan a metérsele por el cuerpo, ella sonríe en esas aguas quietas. La tormenta emana de su cuerpo produciendo estruendos en el cielo, rompiendo las paredes del muro, rompiendo el mismo mundo. Él reacciona pero no puede moverse, estuvo tan familiarizado con ese bosque que acabó por convertirse en árbol.
Hasta el fin de los tiempos ellos dos son ese accidente que iba a suceder.

miércoles, 5 de noviembre de 2014

La mesa

Como ese papel que permanece impaciente al borde de una mesa esperando la más exigua porción de aire que le otorgue el poder de volar. De tanto en tanto se levantan brisas desde las raíces húmedas y recónditas de la tierra. Esta leve ventosa intranquiliza los vértices de esa hoja suspendida casi al grito de la esquina de una mesa. La mesa necesita del acto dramático protagonizado por aquella nervadura de la naturaleza para que nos enteremos de su existencia. Es la mesa quien intenta ocupar un personaje importante en esta historia donde todo duerme. Es de vital importancia captar la atención del lector para evitar ser un objeto pobre, insignificante e inactivo. El viento, nuevamente, llena la suma de ese espacio y ese tiempo. La hoja vuelve a padecer un extraño dramatismo que colapsa de ansiedad al tocarse con el viento. Esa corriente carece de sentido, no cree tener la voluntad de hacerla volar y convertirla en mariposa. Como siempre fantaseó. La hoja se rinde ante su efímera sustancia, sabe que la boca de la primavera sopla sin nerviosismo y va manifestando las cosas con calma y suavidad.
Una extraña fusión de naturaleza entre ángulos consigue, en pocos segundos, levantar el cuerpo de la hoja y atiborrarlo en remolinos. Sacarla a bailar y potenciar su máxima liviandad. Impulsarla eróticamente y acariciarle de los pies a la cabeza. Sucumbe en el piso. Ahora forma parte de la realidad del rango más bajo.

sábado, 18 de octubre de 2014

Un Colibrí

Decretado karma.
La repetición
de lo que se hace carga
y no se hace cargo.
La vida manifestándose
en lo ordinario de los días
sobre una podredumbre
de agua atrapada
en grietas
que camina
mi cuerpo cangrejo
y este bailar perverso
con la oscuridad.
El tiempo y su unidad
donde nos hacemos
visiblemente
imperceptibles.
Mis ojos
y la inconclusa
fascinación de
desaparecer.
La fragilidad
que siempre depende
de todo y una
sensiblería a matar.
Las manos
buscando el dolor
en el viento que envuelve
y el señor García
desde el oído
hasta el cielo.
El tren de los
pensamientos
latigando ese vaivén
en el cuerpo
y las ganas
de devorarme
hasta lo horrible,
de masacrar
todo el decoro. 
Esto no es hablar,
es así cómo
se disecciona un colibrí.
Debo cerrar los ojos
en medio de
tanta grandeza
y sumergirme
hasta el anhelo.
El cielo se imbuyó
de estrellas plásticas,
una vez más.
Solo así de muerta
me sentiré viva.

sábado, 13 de septiembre de 2014

Santa Juana


Patio, baldes,
sarro y cumbia
sinfonía pura de ese
jardín caliente.
El pomelo chorreándose
desde los dientes hasta
los entreverados de
sus lunares
que anticipan
esa tan voluble entrega.
La lengua y ese rastro
caracol sobre
todo lo convexo
que lleva adelante.
El ácido bebido
en los laterales de la lengua
hasta los pies.
Alzado por el cuello,
el vestido que se desplaza
de sur a norte,
mientras le haces el amor
evaporando
a Sirio y Pollux.
Sobre la mesa,
unas frutillas consumidas
hasta la fealdad
 y el vino
a un cuarto de acabar
igual que ella.
Todo casi a punto de caer.
La respiración histérica,
mezclando
la saliva cítrica
con veintiocho primaveras.
Hasta arriba
de la montaña
y abajo unas tantas veces.
Ay caramba todo
el jugo se escurrió
en el capricho de sus ojos.
Volvió a sentarse,
bebió de la botella
y del pico,
se puso a leer
una revista gastada
del año pasado
y sacó de la
parrilla tambor
un choripan que
degustó como
si se comiera un
pedazo de cielo.
Ella es santa,
groncha, bella
y puta.







jueves, 10 de julio de 2014

La resignación es un suicidio cotidiano

Con un libro de Murakami entre mis dedos salí a buscarlos, a despertarlos de ese profundo sueño.
El primer bondi que tomé llegaba hasta la estación de mi ciudad. Una vez en ese destino, tenía que tomar otro colectivo que imite el recorrido del tren para fusionar la provincia con la capital.
Desde que existió la ...
tragedia de Once y vi llorar, vi pedir justicia, vi implorar, vi luchar y volví a ver llorar ya no pude subirme a esa línea de tren.
Viajar en ese transporte público me genera la sensación de ser como humanos en jaulas, como un gallinero o como la procesión de un ganado antes de entrar en la mortal maquina.
Ese tren se movía sobre las vías como queriendo dibujar una mínima esperanza en la cara de esos viandantes que van y vienen reteniendo los sueños contra el cemento.
Desde la estación central tuve que tomar el último colectivo para llegar a mi esperado destino. Fue difícil poder retener la figuración de ese recorrido. Tuve que prestar total atención y no perderme de nuevo en vos, en el incisivo recuerdo de vos, en todo lo que tocaste y ahora es vos. Ese estado definitivo que parecen adquirir las cosas cuando uno le dedicó al menos una ínfima porción de sentido. Como el velador prendido de las 4 a.m, la marca de café en la taza, el borde de la puerta rota que te retiene cada vez que estas por salir, la camisa a cuadrille rojos tirada en el piso, la lapicera azul mordida, el ventanal y su ruido al cerrarse, el bolsillo de la campera donde guardábamos nuestras manos del frío, el cristal de los anteojos marcados por besarnos a cada instante.
Crucé la calle apretando los dientes, con los dedos del frío escarbándome la piel, con el botón del impermeable azul hasta la nariz, con las manos sudadas, con el pelo temblando dentro del viento, con ese acordeón en los oídos, con mis pies contraídos dentro de las zapatillas, sin el alma.
Iba en busca de mi alma, de encontrarle el sentido a la vida, de hacerme presente después de tanto tiempo en pausa.
Al llegar al otro extremo de la calle me topé con el río que bordeaba la ciudad. Caminé paralelamente a él intentando hacer coincidir mi memoria con mi realidad. Algo que estaba muy desentonado y perdido. Me acordaba las cosas con tintes grises, nada parecía afirmarse en lo absoluto. Solo el temible recuerdo paralizándome con sus garras feroces. Era una especie de Caperucita tratando de escaparle al lobo de la memoria.
Hacía un largo tiempo que no hablaba con nadie, solo me comunicaba por cartas con un hombre que vivía en una ciudad cercana a la mía. Creo que teníamos ganas de lo mismo, estábamos apresados dentro de un envase similar y llorábamos sin que nadie lo supiera. Nos enviábamos cartas porque eso nos hacía sentir vivos, no queríamos perder la costumbre de reconocer nuestras letras manuscritas en esas hojas rayadas. Había algo de ritual en todo eso que nos iluminaba. Creo que la vida reincidía en la sorpresa que apresaba el embalaje. Las palabras de ese hombre hacían imaginarme un mundo diferente, un instante menos contaminado, una esperanza menos ácida. A veces me lo cruzaba en la calle y pasaba de largo tratando de hacerme invisible para que no se diera cuenta que era yo esa misma persona que le expresaba esos oscuros sentimientos, esa necesidad implorada, ese pedido de ayuda absorbido por el clamor, era yo la que seguía eligiendo tanta inmundicia. Teníamos una relación extraña pero hacía que no nos sintiéramos solos en el mundo de los tinieblos.
Seguí caminando, en realidad no quería caminar, quería escapar. Tenía una impaciente necesidad de salir corriendo, de perderme, de sentir ese vértigo que se siente cuando uno se enfrenta a lo desconocido, esa sensación que lo saca a uno del lugar de comodidad. En mi tristeza yo permanecía en un lugar cómodo.
Llegué a una puerta que posó delante de mí sin que la atisbara desde lejos. Sin más, entré. No tenía llave, todo parecía indicar que estaba bien. Algo absorbente y suave me invitaba a pasar.
Había salido a buscarlos, a despertarlos de ese sueño insondable y estaban ahí jugando a las estatuas, esperando que me acerque para descongelar el hechizo que los había dormido sobre esas paredes húmedas.
Me quedé mirándolos, hipnotizada, con una sensación que me agotaba el pecho. Mientras los observaba, algo me tocó el hombro. No puedo describir exacto cómo era aquel lugar, estaba demasiado oscuro, se percibía una atmósfera muy densa, algo calurosa y solo veía sus ojos. Sentía la oscuridad como el ébano, como una resina opaca que me iba sacando el aire. Todo se volvía muy borroso de entender. Caí al suelo, el cuerpo se me paralizó en un segundo, sus manos lúgubres me llegaron a mi sangre, la bestia salió por mi boca con un sórdido grito que terminó por liberarme.
Mientras terminaba de exhalar ese respiro de fuga los ojos se me eclipsaron.



martes, 8 de abril de 2014

Mientras una señora me miraba yo miraba por la ventanilla

Hay vida en la mutación
de los colores en el cielo,
en las hojas que oscilan
desde los árboles,
en el aire que arrastra la lluvia,
y en cómo se transforma
una cara con el sol.

Hay vida en el nido
que se construye
sobre una abertura oxidada
y derruida por el tiempo.
Hay vida en la risa,
siempre existe vida ahí.

Hay vida en la bruta
vegetación que brama
sus brazos desde un
alambrado en medio
de esos tetris de cemento.
Hay respiración en
todo lo verde.

Hay vida en las pantuflas
usadas y debilitadas,
en la botella hasta la mitad,
en el abrigo recurrente
de todos los fríos,
en el vaso con los dedos marcados,
en el viento que mueve
ese volante del piso.

Aun hay vida cuando
ese fragmento de papel
cae al agua transformando
por completo su materia.

Hay vida en la memoria sonora
de ese disco de vinilo
de Radiohead.
Hay vida en los escalones gastados
de las estaciones de tren,
en los toldos decolorados,
en las hipótesis de mi abuela,
y en el desapego de las personas.

Hay vida cuando soltamos
hasta el corazón,
hay vida en la lucha
y en las elecciones
de todos los días.

Hay vida en frases como
"distintos momentos"
"hacemos unas milanesas"
y "vamos a caminar"
Hay vida en la injusticia
y en cómo nos modifica.
Pero sobretodo hay vida
cuando nos quedamos
sin palabras.



viernes, 7 de febrero de 2014

Hay una luz que nunca se va

Dos gardenias me lo dijeron ayer
que te voy a ver
bailando con el tiempo
a través de caballos que rompen 
la velocidad de estos cuerpos
que trazan el aire 
desafiando la gravedad.

Desde el instante 
en que fundimos la combustión  
con ese gélido
día que partía el año,
el arco iris incidió en tus ojos, 
hasta el fin del mundo.

Te suspiro 
y con vos me como
todos los tiempos verbales
mientras jugamos a pedir
tres deseos apretando una
pestaña perdida entre mis dedos.

Vivimos para sacarnos
voltios por las sonrisas.
Morimos para hacer 
parte la luz y la oscuridad.
Estamos para vibrar
en ese arenero cósmico.

Quiero evidenciar todo 
el arte que hay en vos,
pasarle la boca hasta llenarla 
de unicornios y poesía.
Quiero rasgarte el alma
de brillantes y ver salir de vos
a una bandada de Fénixs.

Sos la inspiración 
que despierta gigantes 
en mi sangre y la materia que 
prende fuego el aire.
Sos mi búsqueda,
mi verdad y mi
contraposición, Teodoro.

Te ofrezco una vida
invadida de animales 
de palitos de la selva,
te propongo contar 
cada vez que veamos
luces que agrietan el cielo,
te regalo todas las 
estrellas fugaces.
Te proyecto a Tarantino 
una decena de veces más.

Somos la historia
que una guardiana 
cuidó a metros de distancia,
mientras absorbíamos
cuadernos y lápices por los ojos.

Morir a tu lado
es renacer infinitamente.




viernes, 24 de enero de 2014

Otra poesía para reaccionar

Este es otro de esos escritos
que intentan reaccionar, evocar,
avivar, provocar, inquietar,
corromper y resurgir.
Si ya leíste algo parecido,
déjalo pasar.


Despertate, protesta.
Salí y patea todas las puertas
al carajo, golpea todo eso
que nunca pudiste confrontar.
Ve en busca de un deseo,
dibuja y recorta de ese
simulcop a una niña que tiene tus ojos,
esa que hoy se impregnó
en un cuerpo de mujer quieta
para transpirarte con el agua
de la tormenta.

Arrancá de ese fuego la voz
y gritá, putea,
transformate en miles de personajes
pero transformate.
Dejá de justificar que sos así,
la negación se vuelve
un mandato que escarba
muy adentro
hasta pudrirse en una idea.
Si no hay movimiento
se detiene, muere hasta ulcerarse.

Necesito hacer parte lo que oscurece,
para encontrarte haciéndole el amor a la lluvia
mientras danzas en las tinieblas.
En tus manos hay vasos que aprisionan mares,
adentro está rompiéndose el universo
y, aunque te cortes la piel, no lo haces presente.
Esa idea impresionista de lastimarte,
te sacude y sonreís al desangrar mientras 
la música intenta salvar unas alas de mariposa
desgajadas a punto de agotarse.

Sos la promiscuidad de la contradicción,
el fanático, impetuoso, vehemente elemento
del sistema que aleja las realidades.
Desdibujando grises,
te quedas sin aire
intentando llenar todo de lucesitas
de bajo presupuesto.
No elijo más verte a través de la pantalla.

Reconozcamos el amor como
algo expansivo.
Respira, respira, respira.
Hagamos la revolución de los ojos,
veámonos sin estar pendiente de nada más,
seamos observadores 
de la luna, el mar, los arco iris y tu espalda.
Volvámonos parte del mundo
porque el mundo nos necesita.