domingo, 13 de septiembre de 2015

Medicina Nuclear

Hacía dos meses era sometida a estudios, medicamentos, silencios, noticias, formas andróginas de verse al espejo. Hacía dos meses era forzada a un mundo que le decía todo lo que debía hacer y cómo debía hacerlo. Como si le hubiesen extirpado la espontaneidad y todo el atrevimiento que eso genera.
Esperaba en una nueva sala de espera, esperaba la espera, esperaba por algo sin saber en muchas circunstancias qué esperaba, esperaba saber cómo iba a ser el nuevo procedimiento, esperaba que la rutina de esa vida distraiga sus ganas, esperaba porque había terminado siendo más cómodo esperar. Muchas veces quienes toman las determinaciones en nuestras vidas son todo el que exista menos nosotros mismos. Otra vez el tiempo yéndose por completo en escaners, rayos, sonidos intermitentes. Otra vez los extraños invadiendo la intimidad de una forma mórbida y esos silencios sepulcrales avivando la muerte. Otra vez poniendo en cuestiones el tiempo que había estado jugando dentro de una crueldad.
Ese día le inyectaron un líquido que tenía que permanecer algunas horas en su sangre hasta pasar a la siguiente etapa del estudio. Como le habían dado permiso para salir, libertad ahora concedida por esos mismos extraños, decidió salir a caminar por la ciudad. No solía tener estas iniciativas que rompían con lo predecible del sistema de acciones. Sin embargo salió a la calle y eso no pudo detenerse con nada.
Llovía de una forma insistente y desprolija. Sus labios comenzaron a moverse en la mímica de "What's up?" de 4 Non blondes. Hacía mucho alguien había puesto esa canción en su reproductor musical y conservaba esa pista como un recuerdo imborrable. La sutil articulación en su boca se acompañaba de unos auriculares que tenían la magia de crear una hermosa dimensión entre los sonidos urbanos, la música y su cabeza que no se callaba nunca.
El agua casi no se veía caer y en esa fantasmal percepción todo quedaba mojado. De no ser por las veredas teñidas de un color más intenso y brilloso, de no ser por el ritmo acelerado de la gente con sus paraguas al caminar bajo esa llovizna, de no ser por las aglomeraciones de personas bajo algunos toldos, de no ser por la humedad de un frío que toca con sus dedos el interior más profundo, de no ser por la vulnerabilidad que despierta ese paisaje, de no ser por el lenguaje musical de esos días, de no ser por los versos de Pessoa que recitaron desnudos ese día de lluvia. De no ser por todo esto nunca se habría dado cuenta que llovía sobre ella y en ella. Sólo que esta vez algo que se le había desprendido desde adentro prometía no soltarla.
Estaba realmente cansada de la perenne obediencia, de la docilidad que su cuerpo presentaba ante cualquier circunstancia externa, de olores a la acaroína y otros productos desinfectantes, de los yodos y gases de nitrógeno. En algunos lugares había propelantes como la acetona que se desprendían tan fácilmente que el olor era más difícil de remover que cualquier otra cosa que haya tenido lugar en su vida.
Caminaba por la ciudad; al principio sabiendo que tenía una hora y veinte minutos para regresar, al rato persiguiendo el sueño libertino y dejar todo de lado.
Pasaron algunas horas, cayó la noche, su celular se apagó. Entró a un bar donde pasaban jazz. Escuchó acertadas versiones de Pennies from Heaven, Poor buterfly, All of me y suspiró incontables veces.
Ya no era la misma. Como quien atraviesa una catástrofe natural. Nada vuelve a ser como era antes. La destrucción modifica todas las fibras sensibles, ninguna postal se ve de la misma forma después de pasar por una catástrofe. Esa presencia seguía acompañándola. Esa sensación crecía con el correr de los minutos. Hasta ese momento no había sido parte de su vida. De un modo que uno se resiste a confesar, había estado dejando morir todo lo que tocaba incluso sus pensamientos. En ese instante pudo sentir cómo el corazón aceleraba su bombeo, cómo el aire se volvía metálico a la altura del pecho, cómo sus ojos buscaban un vacío incomprensible como quien recorre con la mirada un lugar nunca antes habitado. Sostuvo sus manos, estaban tan frías como sus pies y lloró tanto como pudo. Por primera vez después de mucho tiempo lo había entendido; estaba viva.